Hola a todos.
He elegido trabajar con un espejo porque es un objeto cotidiano que, sin embargo, nunca es neutro.
Su función: reflejar lo cual activa imaginarios profundos sobre identidad, autoimagen, verdad y distorsión. Me interesa cómo el espejo opera como frontera entre lo visible y lo imaginado: muestra, duplica, oculta y a veces engaña. Siempre implica un cuerpo, incluso cuando no está presente, y convierte el acto de mirar en un gesto cargado de significado.
Después de leer los textos del Reto, comprendí que necesitaba un objeto capaz de desplegar múltiples capas simbólicas, y el espejo apareció como una elección inevitable. Aunque sé que puede resultar complejo de alterar sin perder su esencia, precisamente esa dificultad es lo que me atrae, ya que en mi vida es un objeto cargado de significados, asociado a la identidad, la mirada propia y ajena, y la tensión entre lo que somos y lo que creemos ver. Transformarlo me parece un desafío profundamente interesante.
Mi espejo es rectangular, de 44 × 60 cm, con un marco de ratán. Ese marco introduce calidez, textura y un carácter artesanal que contrasta con la frialdad de la superficie reflectante. El ratán evoca hogar, cuidado y tradición, mientras que el espejo remite a lo simbólico, lo psicológico y lo ritual. La combinación de ambos materiales genera una tensión entre lo natural y lo ilusorio, entre lo táctil y lo intangible.
Si mi espejo estuviera realizado en arcilla, perdería toda capacidad de reflejar y se convertiría en un objeto denso, opaco y manual. La arcilla transformaría el espejo en una pieza casi escultórica, donde lo importante ya no es la imagen sino la huella del gesto.
En cera, el espejo adquiriría un comportamiento inestable: la superficie podría deformarse con el calor, hundirse o agrietarse. La cera convertiría el reflejo en algo vulnerable, como si la identidad estuviera siempre a punto de deshacerse.
Si lo hiciera en espuma, el objeto perdería peso simbólico y se volvería ligero, blando y casi humorístico. La espuma lo desplazaría hacia lo efímero, lo provisional, como si fuera un objeto sin autoridad para devolver una imagen.
En madera, el espejo ganaría calidez y presencia orgánica, pero renunciaría por completo a su función óptica. Se convertiría en un objeto táctil, más cercano a un amuleto o a un utensilio doméstico que a un dispositivo de autoobservación.
Con yeso, el espejo adquiriría un carácter frágil y silencioso. Parecería un fragmento encontrado, un vestigio. El yeso borraría el brillo y lo sustituiría por una sensación de tiempo detenido, casi arqueológica.
En piedra, el espejo se volvería contundente y permanente. Ganaría peso físico y simbólico, pero perdería su intimidad y su portabilidad. Sería un objeto que ya no invita a mirarse, sino que se impone como presencia.
Si estuviera hecho en metal, podría devolver una imagen, pero deformada y fría. El metal endurecería el objeto y lo volvería más agresivo, más distante. La identidad reflejada sería rígida, casi mecánica.
En resina, el espejo adquiriría profundidad y capas internas. La resina podría generar transparencias, burbujas o inclusiones que harían del reflejo algo ambiguo, desplazado, casi fantasmático.
En todos los casos, si estos materiales sustituyeran la superficie reflectante, el espejo dejaría de cumplir su función. Ya no devolvería una imagen: se convertiría en un objeto que habla de identidad sin mostrarla.

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Este es un espacio de trabajo personal de un/a estudiante de la Universitat Oberta de Catalunya. Cualquier contenido publicado en este espacio es responsabilidad de su autor/a.